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La ceguera de un rey enfermo, por Blas de las Heras
Calígula, hijo de Germánico y Agrípina, fue un gran emperador durante su primera etapa de reinado pero he ahí que los historiadores hablan de un personaje descarnado, tirano y cruel, consecuencia de su la segunda parte al frente de los designios de los romanos. Y, es que, en la Historia no se es recordado por las bondades sino por las dejaciones, maldades, envidias, perversidades y pasos mal dados.
La idea de Calígula fue la de crear un imperio universal centrado en Oriente. Su idea imperialista, su ansia de poder y su inefable capacidad para adueñarse de las cosas ajenas no vienen de repente. Y, es que, adoraba a Marco Antonio, quién tampoco se las tenía de honorable o generoso. Así, la vida en la opulencia, la infamia y la crueldad no podían traer como consecuencia a un emperador bondadoso, ni mucho menos, sino a una alma descarnada y vil, a quién contribuía con su mal hacer, su muy honorable esposa, Milonia Cesonia. Y, es que, la vida de los romanos tiene mucho de estas historias vergonzantes, enfermizas, envidiosas y ajenas que, lejanas, nos tocan demasiado, por cercanas.

Así, a su debilidad, megalomanía y falta de principios éticos o morales se unieron su plena conciencia de ser algo finito, inicuo, inofensivo, propio de sus irrisorias capacidades como mortal y mente perecedera. También intentó proyectar grandes obras realizando desmesurados dispendios con el dinero de los maltrechos contribuyentes, construyendo castillos en el aire y otros insultantes monumentos con fines superficiales y propagandísticos que para nada servían a nadie, con la ceguera indolente propia de aquél que quiere favorecer a sus amigos más íntimos; sí, a aquellos que ya le habían traicionado y que luego no dudarían en asestarle el duro golpe final, matándole a él, a su esposa y a su hija. Y, es que, no hay más ciego que el que no quiere ver o incluso ve, empujado por los que le rodean.

Su megalomanía no tuvo límites. Divinizó a toda su progenie. De hecho, sus familiares y amigos se convirtieron en los guardianes de una corte opulenta, déspota y sanguinaria que hacía y deshacía a su antojo, a sus espaldas y sin más complicaciones. A pesar de todo, Calígula tenía bastante con sentirse importante mientras a troche y moche se hinchaban a mofarse de él, en sus carnes.

Pero es que esa debilidad tan patente de un ser que se sentía tan inferior, adquiría su grado máximo cuando intentaba colaborar con el pueblo llano. De sobra son conocidas sus actuaciones con el vulgo, como ayudar a los bomberos a apagar un incendio, autorizar a los espectadores de los teatros para quitarse el calzado durante los espectáculos o cuando quiso aumentar las representaciones místicas o incluso aquellos momentos en los que dedicaba largas jornadas del día a la contemplación más trascendental o cuando se mostraba particularmente aficionado al circo o a la opereta; como no, siguiendo la opulencia de sus predecesores más respetados.

Ahora bien, las cosas importantes jamás le preocuparon en exceso pues como que no le interesaba lo suficiente o simplemente, no iban con él. Así, nunca profundizó en obras públicas a no ser que le afectaran directamente. Eso sí, gustaba más de la escenografía, del teatro pasajero, de la milonga, del buen vivir y de la pompa ocasional, pero no se mojaba en asuntos propios de estado que realmente podrían a un personaje engrandecer, vaya que no. Se limitaba sencillamente a deambular las largas horas del día. Y así le fue. Y, es que, ya se sabe. Si hacía grandes obras públicas tenía que aumentar la presión fiscal, lo que suponía robar a manos llenas a los pobrecitos senadores porque el vulgo no tenía ni para comer. Además, que estos ingresos extraordinarios no eran suficientes basta para demostrarlo con la bancarrota del Estado romano en el momento de su muerte.

Su política imperialista no cesó jamás. Sintiéndose un nuevo Alejandro, sus campañas no terminaron nunca. En Oriente multiplicó sus Estados vasallos, ofreciéndolos a sus amiguetes y compañeros de infancia, mientras dejaba al ya maltrecho de por sí desgastado erario público con sus dispendios descomensurados.

Pero, pobres de aquellos que no le gustasen, porque sencillamente se los quitaba de en medio, como a su lejano pariente Ptolomeo de Mauritania, a quien hizo ejecutar, aun a costa de iniciar una guerra que hubo de terminar su sucesor Claudio. Sus desmanes no acabaron aquí y, es que, su carácter se agrió el último año. Volvió a aumentar la presión fiscal, disgustó a los romanos con sus desproporcionadas acciones e incluso se enemistó con el Senado y el ejército, apartando a los pretorianos de él. Todo, por unos asesores de tres al cuarto, incapaces de apadrinar su política en un momento tan crucial en la Historia de Roma. Finalmente, llegó lo que hubo de llegar en tiempos tan revueltos: una conjura que terminaba con su licenciosa vida y la de su esposa, la emperatriz Milonia Cesonia y la de su hija, la princesa Julia Drusila, ambas también asesinadas el mismo día.

De toda esta historia, se puede decir que Calígula estuvo durante toda su vida mal asesorado e incluso dominado por unos extraños sentimientos de culpabilidad que lo convertía en un ser enfermizo. Además, mantuvo siempre un amor irreverente y mostró una fidelidad pusilánime por sus amigos de corte, pillería y opulencia que finalmente fueron los que le traicionaron sin piedad. Tampoco le faltó el apoyo de los advenedizos y la pregunta de ¿hasta qué punto se dejó llevar por la envidia? en el intento de asesinar a Séneca porque era mejor orador que él, es difícil de juzgar porque las fuentes de la edad antigua no lo aclaran.
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