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El Cortijo del señorito frasquito por Juan Fernández
Érase una vez una sucursal bancaria de una entidad catalana que afincada en Valencia, era regentada por un ser enano, barrigudo y cabezón que campaba a sus anchas en medio de lo que él había convertido en su cortijo, con aguda obstinación.
No era un ser como los demás, empático, humano, agradable, asertivo sino todo lo contrario gañán, pérfido, esquivo y despótico al modo ilustrado, más propio de otras épocas o del pasado, con tintes perversos de mala leche, prepotencia, arrogancia, soberbia, inacción y desdén, que convierte en imposible una sencilla negociación.

Para poder entrar en el cortijo del señor frasquito es preceptivo pedir que su vuecencia tenga la bondad de atender a los mortales que por obligación, hemos de acudir a implorar y a esperar su olvidada bondad que en un ser grotesco es imposible de ser hallada, por más que se la busque.

Su perfidia e incapacidad rayan lo permisible y con evidente resignación, los mortales hemos de esperar a que el ínclito personajillo, mequetrefe de fábula, atienda nuestras plegarias sin devoción, como si de un Maná se tratase o se tratara que, a buen seguro, en otro tiempo campara, por sus anchos fueros, como en Castilla, pero que es de ley asegurar que en estos tiempos que ahora corren, no deban proliferar estirpes con semejante astilla.

Y el problema capital estriba en que dejar a estos energúmenos campar por sus fueros es agrandar o hacer más grave el problema porque estos individuos venidos a más, por Dios sabe que extraña razón, tienen prole que alimentan con la sabia del resentimiento y por tanto nada bueno pueden engendrar. Como decía Pitagorín, la raíz has de cortar si no quieres que acabe con el jardín.

Siento desasosiego por las almas en pena que pueblan su morada laboral, en ese cortijo adocenado en el que respirar cuesta dinero o en el que simplemente esperar sentado a que te atiendan se convierte en la norma primera y necesaria. No es de extrañar la cara de amargura, miedo y resignación que se adivina en todos aquellos que ocupan silla en el mencionado purgatorio. Y es que el señorito frasquito no permite la contemplación y es menester convertirse en su chivo expiatorio, para no perecer en las horas de trabajo de estos pobres y desamparados empleados, de su cortijo particular. Por supuesto, ni hablar de los usuarios que esperando el veredicto final se arrinconan en los banquillos, a la espera de un juicio breve, sumarísimo y claramente perjudicial.

Por todo ello, siento vergüenza incluso ajena por lo que a mi personalmente me vomitó. Es tan rastrero, impropio y tan indigno que no merece la pena ni ser comentado. El señorito frasquito es de esas personas que buscan los problemas como el perro atado busca con desespero comer. Es de esas personas que ve la oportunidad donde sólo hay humildad. Es de esos seres que se aprovechan de su posición para humillar. Es de esos personajes de los cuentos infantiles que siempre acaban perdiendo por su torpe terquedad y por cerriles. Es de esos individuos que, sin venir a cuento alguno, convierten en personal cualquier asunto social. En definitiva, es un ser al que conviene relegar, por una cuestión sencilla de salud mental e higiene corporal.

Es muy posible que las negativas vibraciones que este personaje sacado de Tolstoi o Dostoievski produce, inunden todo lo que ve y toca a su paso, tornando en gris lo que otro día tenía color, como el Rey Midas pero al revés. De ahí que sea menester si eres una persona un poco díscola poner pies en polvorosa, no sin antes avisar al mundo de su existencia y sólo para evitar que una cuestión cotidiana se torne oscura, indeterminada y de difícil solución.

Por todo ello, me extraña que habiendo mentes tan despiertas y clarividentes en este estupendo país, hayan puesto a este engendro de la naturaleza al frente de esta sucursal. Y, es que, la palabra “solución” no parece haber entrado en su diccionario, ni mucho menos en su vocabulario, ya que términos similares acaban convirtiéndose para él, en imponderable, problema, obstáculo, trance o dificultad y, siempre, se le hable como se le hable.

A resultas, no soy una persona que busque problemas por mucho que algunos se empeñen en creer o estimar, pero bien es cierto que esta vez no me quedaré sentado o impasible ante semejante ser y no lo haré por el bien supremo y por los valores que un día tuvieron a bien mis próceres inculcar, con un absoluto sentido de la responsabilidad y de la abnegación por los demás, sin más historias que contar. Al fin y al cabo, será una cruzada más por el bien común, por la razón, la tolerancia, el buen hacer y el sentido común y por los valores siempre evidentes y demostrados que deben imperar en la vida y como norma general en todo aquél que está obligado a atender detrás de una mesa o mostrador, donde la prepotencia, la arrogancia, la soberbia, el despotismo y la superioridad no tienen sitio ni cabida.
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