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Ni cachete, ni bofetada, ni ostias
Opiniones, haberlas haylas de todos los colores... Formas de educar a nuestros hijos, miles y de mil y un método y manera... siempre y cuando se permita ejercer sin miedo a que un hijo decida chantajear a sus padres o, lo que es peor, llegar a las amenazas y los malos tratos -sean físicos o psíquicos, que están las cosas como para no matizar-. El caso es que si se deja todo a la interpretación, es más fácil equivocarse, qué duda cabe.
En el cambio de mi generación se dio el paso de la bofetada más indigna al cachete en el culete y de la ostia más prominente, al tirón de orejas más espectacular o al distinguido capón redentor, que se lo digan, sino, a nuestros padres, a ver que opinan ellos.

Ahora, el padre deja de ser la firme autoridad que corrige a sus hijos y marca su formación como persona con total dignidad pues con el nuevo cambio ya no le queda ni patria potestad. Y es que, ahora, el código civil se ha modificado eliminando el cachete moderado y razonable, para dar paso a dios sabe bien qué…..

Que sí, que la violencia no es el camino; que sí, que sabemos que hay mucho descerebrado y desequilibrado por ahí; que sí, que somos conscientes de que hay que proteger al menor; pero no les parece temerario que el hijo pueda maniobrar a su antojo y que sean los juzgados de guardia quienes diriman el conflicto entre padres e hijos, solo que con una vara de medir: “a ojo”. Piénsenlo por un momento que la cosa no está para dejarlas al viento, ni así de esta forma.

Imaginen ustedes a su hijo de catorce años entrando por la puerta de su casa a las tres de la mañana, con un piercing en la lengua, pelo a lo rasta y sucio, pantalón desgarrado con un olor a calimocho que espanta y fumándose un buen porro (que, haberlos, haylos, señores). Imaginen también la reacción a su requerimiento lógico y normal como padre de familia, con la siguiente frase: “que horas son éstas, hijo mío” y cuya respuesta, imaginemos insisto, pudiera ser: “¡cómo que horas son éstas!, si he venido a por pasta y me piro de nuevo”.

Ante semejante situación, se imaginan que el padre le invite a irse a la cama y el hijo le espete con total tranquilidad: “o me dejas ir o te denuncio por malos tratos psicológicos”. ¿A qué chantaje emocional estamos asistiendo?, ¿qué autoridad moral, ética, social, familiar tiene el padre en un momento así?, ¿qué se supone qué debe hacer el padre?. Menudo despropósito, señores, con la iglesia y sus rectores hemos topado.

Pero lo que yo me pregunto es: ¿A quién narices se le ocurrirá modificar esto con la de cosas que hay que hacer para mejorar en este país?. Ver para creer.
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